El concierto
Para colmo de la insidiosa amenaza de calor infecto, él diciéndome al oído que la voz de la cantante italiana era preciosa. Sepulté mi derrame de hiel en alguna parte mientras añadía que ella también lo era. Honesto, él sólo sonrió. La verdad es que no se lo agradecí debidamente: simplemente me enterré de lleno en una mole de silencio y me dediqué a diluir la amargura con sorbos de mi copa. La cantante aderezaba con ademanes de doncella su mirada antojadiza y él la miraba.
Esquinados en un vejestorio de rinconera roja, nos acomodamos muy juntos para escuchar el concierto. Me ví obligada a admitir la precisión de aquella voz ligera. Y él probablemente hubiera admitido que su espalda y su nuca eran aún más irresistibles que su canto. Pero ni se me ocurrió preguntar...más bien apliqué el estoicismo porque en un rapto de lucidez pude ver que una escena por algo así era cuando menos innecesaria...asi que le concedí macerarse sin culpas en aquel pequeño placer. Y me dediqué a odiarla a ella.
Un miedo mezquino y pegajoso empezaba a misturarse con mi sudor y me parecía que mi incomodidad se notaba desde cualquier ángulo de la tierra. Sólo él no lo notaba porque por fortuna ni me estaba mirando. Y yo pensando que maldita fuera con aquella voz de pájaro y con esa sonrisa encantadora que los múltiples espejos de la sala reflejaban hasta el infinito.
Empezé a obsesionarme con que su mirada revolvería la penumbra abriéndose paso como un escalpelo hasta descubrir a mi hombre maravilloso. Entonces, febril, me extirparía con precisión quirúrgica de su memoria y de su vida. Qué exageración.
Por fin se apeó del escenario para cedérselo a la otra cantante concediéndome un corto alivio porque en cuatro pasos estaba sentada prácticamente a nuestro lado. Dando un breve repaso mental de mi cuerpo me di cuenta de que parte del malestar se debía a que llevaba demasiados segundos sin exhalar así que intenté centrarme en mi reflejo de respiración, que por momentos literalmente se suspendía. Mi copa estaba tan seca como mi lengua y el bochorno comenzaba a hacer estragos en mi paciencia.
Entonces fue cuando el canto visceral de la cantante cubana, con su camisa blanca de talla doble,comenzó a impregnar mi pesadilla como con una especie de dejadez natural. Su cabello ensortijado era un gracioso revoltijo y ella era ancha y un poco varonil. No por ambigua sino como una mujer que conciliaba con su masculinidad como siempre me he sentido yo. Su voz se me hacía familiar y su rostro, aunque no diría yo que era hermoso, trasmitía la belleza de la serenidad. De manos recias y expresivas y espalda sutilmente curvada a la altura de las cervicales, su canto era rudo e intimista. Nada más plantarse en el escenario comprendí que la amaría durante todo el tiempo que durara su actuación. Vi que no abandonaba la interpretación ni para respirar. Apenas levantaba un poco el mentón para beber agua, dando la impresión de verter el agua en su boca casi sin tocarla, como para que acariciara lentamente su lengua en el trayecto hacia su garganta. Su canto valeroso y quebrado me cautivó y pensé que de amar a una mujer, bien podría amar a aquella.
Luego otra silueta se deslizó como una anguila en el pequeño escenario, me di cuenta de que había olvidado por completo a quien lleva algún tiempo siendo el motivo de mis desvelos. Con un mohín afectado le guiñé de reojo y cruzamos algunas ideas que sólo vinieron a confirmar que a mi me gustaba la cubana y a el la italiana. Mientras me abanicaba con una octavilla conseguí comprender que aquella infidelidad era inofensiva y que desdramatizarlo podía generar un saludable clima de complicidad. La voz de la tercera cantante sobrevolaba nuestras cabezas: tenía carácter, quizás, y una imagen moderada, probablemente. Pero al menos esa noche a mi no me interesaba. La concentración de humo y calor desproporcionados raspaban mi sensibilidad y distorsionaban las percepciones a mi alrededor. La silueta de la cubana pasó junto a la mesa encendiendo un cigarrillo y se sentó de espaldas frente a mi.
En ese momento el acarició mi mano, y con la vieja excusa de besar su cuello aspiré profundamente su olor entrecerrando los ojos, sometiendome conscientemente a que el deseo me mordiera las entrañas. La sed, el cansancio y el sudor me estaban hostigando pero sin embargo, invitablemente esa ferocidad me endulzaba. De la mano del alcohol llegó a mi cabeza la idea de que cada momento de pasiones compartidas es como una oportunidad que nos ofrece el destino. Quizás para que ignoremos con más brío nuestra nunca admitida intrascendencia.
En fin, que al adentrarnos en el sepia de la madrugada la primera ráfaga de fresco me pareció una bendición. Así di en pensar que en amores sólo se puede aspirar a ser un sitio acogedor a donde el otro quizás pueda desear regresar.
Un capricho del instinto me impedía pensar en las alternativas menos felices, porque aquella noche estábamos regresando intactos a nuestra guarida, con el deseo retozando entre los dos como un crío indomable al que llevas a jugar, para cansarle, a la plaza.
