pilarrodríguezcastillos

t a n g o . f u s i ó n . p a s i ó n

Las cautivas


(Para Osiris)

La sola idea de dormir lo hace sentir desolado y ha preferido los versos a dormir desde que empezó a ser niño. Dormir la siesta aún le angustia más, aunque no contradice a su madre mientras desnuda sus pies y lo arropa y lo acaricia. Levanta la mirada y le sonríe complaciente hasta que se queda solo acariciando la melancolía mezclando su penumbra con la de la habitación. Y allí espera.

Luego el olor del pan recién horneado levanta el toque de queda sin mediar palabra, así que se calza las gastadas alpargatas de yute e intenta atravesar la cocina con sigilo, adormilado y despeinado. Una palabra y la sonrisa de unos ojos le impiden escabullirse.

-"Espera."-Dice la madre. Y le impone un bocadillo de pan casero caliente con mantequilla, queso y dulce que huele a gloria.
-"Toma. Vete pero come." Y le da la espalda con la sonrisa en los ojos.
Él ya sabe que sonríe porque es la callada cómplice de su rareza y desaparece bordeando la puerta de la cocina.

La tarde empieza a estirarse y allí le encuentra como siempre, en cuclillas debajo del aquel sauce junto al río, mordisqueando su pan y esperando a los bichos de luz. Brotan de pronto girando como coplas y siembran la alegría en el niño que las contempla agazapado como un gato. No se mueve y las estudia en silencio con ojos de cazador avezado. Siente como un puño le estruja su corazón durante la cacería, dando manotazos al aire hasta cazar una veintena y encarcelarlas en aquel tubo de cristal destinado para su secreto. Y un instante después vuelve a ser un cachorro flaco y desgarbado.

Casi es medianoche cuando la madre lo arropa, lo besa y sopla el candil, dejando al marcharse ese perfume a jazmines en el aire. Bajo las sábanas, subrepticiamente, hace rodar sobre los versos ese cilindro de luces cautivas hasta que la madrugada azulea en la habitación mientras el grillerío lo arrulla. Pronto y sin darse cuenta ni quererlo se ha dormido.

Por la mañana el sol da de pleno en su cara y llega el desconsuelo. Se siente traidor cuando descubre que se ha dormido, desde el día en que aprendió que las luciérnagas no apagan la luz al morir. Y desde entonces este niño que no quiere dormir se negará a cautivar estrellas para dejar que se extingan olvidadas y sin destino.

Febrero, 2008 PRC